HISTORIAS DE PALACIO DESPUÉS DEL CONFINAMIENTO

Capítulo 9. El toque medieval de las pandemias modernas

Las calles estaban recobrando, poco a poco, los sonidos habituales: risas de niños, saludos lejanos de mayores del pueblo, la pelota de tenis del frontón de los deportistas “de siempre” y los nuevos integrados con la pandemia…

Las terrazas volvían a abrir con mesas más distanciadas y un nuevo accesorio para todo el mundo: una especie de antifaz moderno, la mascarilla.

Anne estaba a punto de cumplir los tres meses de estancia en Palacio Tondón. En el pequeño pueblo y en sus escapadas a Haro para ir al supermercado, ya se había familiarizado con conceptos modernos y muy aclamados desde el coronavirus, como “volver a la normalidad”, “la nueva normalidad” o “resistiremos”.

La estaban tratando tan bien, que no quería resultar desagradecida o cruel expresando que no lograba comprender del todo por qué tanto alboroto alrededor de algo poco sangriento visiblemente, como los rastros tan gráficos que dejaban los verdugos en su época. De todos modos, intentaba por todos los medios ofrecer su apoyo y relativizar. Anne era una líder de antaño, con dotes de unos valores educados adrede para saber constituir un ejemplo ajeno.

En este tiempo, se había convertido en el espejo de una época vetusta, la nostalgia pasada de elegancia de la Corte. En definitiva, era la imagen del Palacio moderno, alojada en la torre, con sus dotes de protocolo, que causaban todas las emociones posibles, desde risa hasta admiración.

BRIÑAS. Hotel Tondon. Instalacion de la terraza con la separacion necesaria para abrir. Mayo. Justo Rodriguez

Todos llevaban guantes y antifaces, como en una perpetua fiesta de disfraces. En sus miradas, se leía un anhelo de acercamiento, de dar un abrazo… En vez de eso, saludaban de una forma improvisada con el codo.

“Volver a la normalidad”, pensaba mientras se tocaba el cuello de nuevo. Las pesadillas habían vuelto. El miedo a morir estaba tan presente, que comprendió que no habrá tecnología, ni etapa histórica que pueda derribar ese sentimiento pronto entre los seres humanos.

Al fin y al cabo, siempre nos unirá el deseo de amar y el deber de una muerte.

Se veía envuelta en conversaciones que, por fin, lograba comprender, tipo “pónganme un gin-tonic de Tanqueray” o “este es nuestro Wine Bar en terraza”. Después, estaba la comida. Dios mío, la comida: insuperables manjares como las vainas al sarmiento con concentrado de ternera, un alimento con historia, pero nunca tan puesto en valor como en esta conseguida combinación, los quesos, las carnes…

Nadie en su sano juicio podría no disfrutar con la gastronomía riojana. O con sus caldos.

Al día siguiente, después de la pesadilla de siempre, se despertó en un castillo mucho más medieval, con un collar que llevaba una “B” tapándole el lunar del cuello.

Se miró al espejo entre lágrimas, preguntándose el porqué de este viaje al futuro y del regreso al día de su muerte.

¿Había aprendido algo?

 

(Continuará…)