HISTORIAS DE PALACIO EN CONFINAMIENTO

Capítulo 7. La obra de teatro

Anne había tenido una larga conversación con un especialista, que concluyó que ella sufría una pérdida de memoria temporal. Le había recomendado reposo y volver a examinarla pronto, pero mientras tanto, debía quedarse en su nuevo palacio.

Al día siguiente, al levantarse, todo el mundo estaba moviéndose con más velocidad de lo habitual, trasladando muebles de un lado a otro.

Estaban preparando una obra de teatro para celebrarla en la terraza. Anne mostró mucho entusiasmo e implicación.

Una de las personas encargadas del evento le explicó que en la terraza se organizaban siempre eventos.

-La gente celebra aquí bodas, comuniones, cumpleaños, eventos corporativos… Por otro lado, nosotros solemos amenizar con música en directo y algún evento propio. Este fin de semana, nos toca la representación de una comedia, de una compañía de teatro de Madrid, con actores jóvenes y con mucho talento.

Anne había perdido en tren de la conversación en la parte de “eventos corporativos”. Todo le sonaba extraño y ligeramente incomprensible, pero quería sentirse útil y ayudar.

-Dígame, por favor, cómo puedo hacerme útil. No sé si se dice exactamente así en español. Quiero ayudar. Es lo mínimo que puedo hacer para mostrar mi inmensa gratitud por el trato recibido.

-Claro, nos encantará que esté con nosotros. Además, creo que elegantes modales les servirían de inspiración a los actores. La obra es del siglo XIX, de Oscar Wilde. Se titula La importancia de llamarse Ernesto, una delicia.

-Supongo que si vuelvo a mi casa en algún momento, no conoceré a Monsieur Wilde, ni a su obra. Sería un honor formar parte de ella ahora.

Después de conocerla, el grupo de actores decidió incluirla enseguida en el ensayo, para ayudarles con las formas “victorianas”. Se disponían al lado de un pequeño escenario, al lado de una pared en la terraza.

Delante del escenario, había muchas sillas de madera, decoradas y dispuestas de un lado y del otro para los espectadores. Había una representación del paisaje que parecía una pintura enorme en la esquina derecha del escenario (que, en realidad, era un photocall). Anne llevaba un vestido blanco largo, que amablemente le cedieron los actores. Sus atuendos eran por lo menos algo más similares a los de ella.

La obra, que se desarrolló durante una hora y media, se sincronizó con un precioso atardecer en tonos morados. Hacía una temperatura realmente agradable para seguir ahí fuera. Todo el mundo se quedó animado disfrutando de vino, champán y comida, en un cóctel que tenía ópera de fondo.

-¡Anne! ¿Se lo está pasando bien? Se le acercó Carmen, preocupada por saber cómo se encontraba.

-Estoy emocionada y conteniendo el llanto.

-Qué sepa que tenemos eventos de todo tipo. Quizás sea el destino, le ha tocado uno de los más formales, por así decirlo… si le llega a tocar un solo de guitarra con gente tocando las palmas alrededor, ¡no me quiero ni imaginar! O canciones modernas interpretadas por grupos jóvenes… Bueno, me alegro de que esté a gusto.

-Señorita Carmen, se lo agradezco. Después de hablar con el doctor, no sé si he perdido la mente y estoy condenada a pensar que vengo de otro siglo, con recuerdos intactos de una vida que ahora dudo si alguna vez existió. Puede que hasta tenga que aceptar que no recuerde nunca como he acabado aquí…

-Calma. Se recuperará en el momento menos pensado. Tiempo y calma. Aquí, está completamente a salvo.

La fuente, la carpa, el busto familiar, el olivo, las vistas a los viñedos… Tantas risas y tanta alegría alrededor y este atardecer mágico. Pensó, por unos instantes, que no sería tan duro comenzar de nuevo y que, a lo mejor, este destino le tenía preparado acontecimientos mucho más aventureros y un final algo menos trágico.

“Todos debemos una muerte”, pensó ella. “Pero no tiene que ser en manos de un verdugo contratado por un marido loco con sed de poder y de heredero varón.” De vez en cuando, se tocaba instintivamente el cuello, como para comprobar que no tenía ninguna fisura. Se reía. “¡Como si fuese posible sobrevivir a algo así!”

De repente, Carmen volvió a su lado con una bandeja en la que llevaba varias cosas para comer y un plato.

-Come, Anne, por favor. No tengas miedo, tenemos cosas exquisitas en esta tierra y nosotros las trabajamos con mucho mimo en el restaurante. Pruebe esto: mollete de rabo de toro, con carne desmigada al vino tinto y vegetales. “Mollete” es el pan crujiente que utilizamos. Se come de un bocado, con la mano. Quítese los guantes.

-Exquisito. Nunca había probado nada igual.

 

-Seguimos entonces. Jamón ibérico y cecina de Wagyu. Me ahorro la explicación  por el momento, pero pruébela.

 

-Qué sabor tan peculiar. Me agrada.

-Qué graciosa. Nosotros diríamos algo como “joder, qué rico está esto”, pero evidentemente, no pretendo enseñarle tacos, ni la falta de modales de nuestro día a día.

Rabito de ibérico con crema de setas deshilachadas. También de un bocado.

-Delicioso.

-Genial, voy a por más y a por algo de postre.

Anne se quedó nuevamente mirando lo precioso que estaba el paso de aquel río por delante del Palacio y se preguntó de forma genuina si alguna vez se puede alguien cansar de esas vistas o darlas por hechas…

 

(Continuará…)