HISTORIAS DE PALACIO EN CONFINAMIENTO

Capítulo 8. «Ascensor, planta menos dos»

El fin de semana (aunque nuestra protagonista no tenía nada claro el concepto de “weekend”, bastante posterior a su era) empezaba en Tondón con una serie de entradas al hotel de grupos de extranjeros. Este regalo lingüístico, ligeramente polémico en su día, que adoptaron todos los idiomas, le iba a ser explicado con calma por algún tondoniano que se encontraba cerca.

En Recepción, de repente, solo se escuchaban intercambios de información en inglés, por lo que Anne se sentía como en casa. En medio de todos aquellos entusiasmados turistas, también se acercaban constantemente españoles de la zona.

-¿Podemos pasar a tomar algo?

-Por supuesto, contesta la recepcionista sonriendo. Nuestro salón, junto con nuestra cafetería y nuestra terraza están abiertos al público, sin necesidad de ser huésped del hotel. Llegan cogiendo el ascensor, en la planta menos dos.

-Ah, muchas gracias. ¿Y podemos ver el hotel?

-Por supuesto. Pueden ver nuestra vinoteca, nuestro calado… También puede curiosear si quieren la carta del Restaurante, puesto que ahora mismo el servicio de comidas ha terminado, por si se acercan un día a probar la gastronomía.

Restaurante Tondón

-Fantástico, contesta el grupo. Venimos andando desde Haro. Ya sabemos dónde encontraros para la próxima vez.

Anne se acercó a Recepción para preguntar de dónde venía tanta gente. La mayoría eran de Estados Unidos, pero también había mucha afluencia de Inglaterra, Francia, Bélgica y Suecia.

-Estados Unidos, murmuró ella.

-América, la parte del norte del continente, para que me entienda.

-Ah, América… ¡Qué maravilla!

“¿La cafetería?”, les interrumpe un grupo nuevamente. Tras la misma indicación amable hacia el ascensor, en la planta menos dos, la recepcionista le aclara, colocando delicadamente su diadema y sus gafas, que muy al principio, el Hotel solo estaba abierto para huéspedes y casi dos años después, todavía hay personas que no lo saben.

-Tienen que conocer este sitio. No hay nada que se le parezca en el mundo, afirma Anne con brillo defensor en la mirada.

-Has hablado como una verdadera tondoniana, Anne. Sin ánimo de sonar a secta, pero somos muy de nuestro Tondón.

-¿Secta? Nuevamente, un interrogante sobre la cabeza de la pálida visitante en el tiempo.

Sin apenas darse cuenta, a lo largo de ese cálido viernes, Anne se había colocado en la entrada y estaba indicando la dirección hacia la cafetería a todo aquel que entraba por la puerta. Había algo en su forma de transmitir cercanía que atraía. Seguramente, se trataba de su ingenuidad.

En un mundo moderno en el que ya se ha inventado prácticamente todo, sería maravilloso volver a ser ingenuos, como si fuésemos viajeros del pasado con la mente como un lienzo en blanco.

 

(Continuará…)