HISTORIAS DE PALACIO EN CONFINAMIENTO

CAPÍTULO 3. Salón La Logia o bien, el Restaurante Tondón

Al subir las escaleras de piedra que tenía delante, pasó contemplando una fuente que le pareció un guiño al río… ¿será agua del propio río?

Fuente en la terraza del Palacio Tondón, con agua del propio Ebro

En el Salón La logia, los arcos grandes le parecieron mucho más bonitos de cerca y en cada uno de ellos, la naturaleza pintaba un cuadro, a la vez que dejaba que los rayos de sol entraran a su libre albedrío, inundando el aristocrático salón de una sensación de bienestar que solo la suele notar uno en el salón de casa, en un ambiente completamente conocido donde se halla cómodo.

Gente comiendo, sentada aquí y allá, tomando vino la mayoría. Manteles blancos en las mesas. Movimiento constante de gente vestida de negro, coordinada en sus movimientos en ocasiones, que salía por una puerta y traía platos curiosos, decorados con hierbas y flores.

“¿Quién es usted? ¿La puedo ayudar?”

De repente, se le había acercado un señor, vestido de traje, pero un traje que le resultaba muy gracioso, rozando lo ridículo.

“¿Disculpe, tenía reserva para comer? Si no, no se preocupe, que nos queda hueco para usted y si no conoce nuestra gastronomía, yo le explico nuestra carta y los dos menús degustación, toda una oda al territorio…”

“Oh, yo… Me he perdido, no sé dónde estoy.”

El formal señor, que recibía y sentaba a la gente, observó que ella llevaba un vestido de época, como sacada de una obra de teatro o de una fiesta de disfraces. Además, su acento hablando español era muy británico. ¿Huésped del hotel o una extranjera perdida?

“Si me indica su nombre, puedo comprobar si está alojada con nosotros. Está en Palacio Tondón, en Briñas, La Rioja.”

“Jamás había escuchado hablar de este lugar. Yo… no entiendo nada. Tenían que cortarme la cabeza esta mañana y de repente, aquí estoy, hablando español con un completo desconocido– menos mal que las clases asiduas con la institutriz que me torturó de adolescente dan sus frutos ahora –.”

“¿Le iban a cortar la cabeza? ¿Quién haría una cosa así en pleno siglo XXI?”

El hombre pensó que la pobre muchacha estaba delirando. “No controlan las visitas a las bodegas los novatos que llegan a La Rioja… ¡Madre mía!”, pensó para sus adentros.

De repente, con la tez más blanca que los manteles impolutos del propio restaurante, consiguió murmurar “pero si yo he nacido en el siglo XVI” antes de desmayarse.

 

(Continuará…)