HISTORIAS DE PALACIO EN CONFINAMIENTO

Capítulo 6. El calado y la vinoteca

-¿Cómo cree usted que ha acabado aquí? le pregunta la amable recepcionista rubia.

-No lo sé, no recuerdo nada. Lo único que sé es que me siento afortunada por haberos encontrado… El futuro resulta prometedor, viendo sus miradas esperanzadoras y dedicadas. Gracias por no encerrarme en algún sitio.

-No se preocupe, cuidaremos de usted. De alguna manera, locos estamos todos, simplemente en grados diferentes.

A Anne le había chocado su corte de pelo a lo chico, el pelo rubio tirando a blanco y unas gafas finas, pero con cristales enormes. Observando que ellos no retiran la mirada ni disimulan analizarla, empezó a hacer lo mismo. Le chocaba la vestimenta de cada, pero se fijaba sobre todo en las mujeres: algunas llevaban pantalones ajustados, otras pantalones largos y chaquetas, otras una prenda corta como un vestido, pero que dejaban ver por encima de las rodillas… Sonrió, pensando que todas morirían en la hoguera en su época y ver semejante evolución hizo que su corazón dé un brinco de alegría.

-Disculpe, Anne. Yo soy científico, le dice un hombre amable, moreno y con barba, con gafas raras igual que la chica rubia. Me fascina su historia de haber viajado en el tiempo. Es usted digna de un estudio. Bueno, conoce prácticamente todo el Palacio Tondón, salvo una parte importante que le encantará, porque es un guiño a sus antiguos aposentos.

-Usted habla con mucha semejanza a lo que suelo estar acostumbrada.

-Damos fe de ello, contesta una chica vestida de negro, de tallo muy fino, con la melena muy larga y el mismo estilo de gafas que a Anne le causaban mucha gracia, pero le encantaba ese estilo.

Les lunettes… son adorables todos, qué suerte la mía.

-Permítame, Anne. Vayamos a conocer la parte subterránea del Palacio, le va a encantar.

Anne y el hombre científico bajaron por unas escaleras de piedra, iguales que las de su palacio y se escuchaba abajo el sonido del agua. De repente, delante de ellos, una pequeña cascada.

-Esto es un antiguo pozo que hemos convertido en cascada, creando un circuito con agua del río que tenemos enfrente, el Ebro. En su época, se utilizaba para extraer agua.

-Sí, conozco el funcionamiento. Aunque, evidentemente, no de cerca. Jamás me han enseñado cómo se hace. No puedo acercarme a los súbditos. Es absolutamente maravilloso lo que han conseguido hacer.

-Sabía que le gustaría. ¿Ve aquí la piedra? Ni siquiera ha pasado por el proceso de sillería, es roca madre. Lo único realmente moderno es el suelo que estamos pisando. Como ve, queríamos conservar toda la esencia de antaño.

-Es un sitio mágico.

-Sígame, pasemos a la antigua bodega del Palacio. Aquí, se solía guardar vino para envejecerlo. La Rioja tiene mucha tradición de vino, ¿sabe? Este tipo de calados son bastante frecuentes en esta tierra. Un “calado” es el término que empleamos aquí para definir precisamente este espacio que tenemos, lleno de barricas decorativas.

Anne lo escuchaba fascinada. Aquellas barricas iluminadas le parecían un sueño. Cuanto más descubría de Tondón, más le enamoraba cada rincón, con su historia y destello.

  Calado del Hotel Palacio Tondón

-Magia, susurró ella.

-Ciencia y un equipo con talento, le contestó con adorable hostilidad el recepcionista. La magia no existe.

-Ay, es usted muy joven. Tiene todo el tiempo para descubrirle y créame, que el mero hecho de estar ahora mismo llevando esta conversación con usted es una prueba de su existencia.

-Haremos un estudio al respecto, contestó sonriendo el escéptico joven, firme defensor de todo lo demostrable de forma racional.

Subieron unas escaleras de salida mucho más modernas y llegaron a un antiguo gallinero o palomar, que conserva la forma de los nidos de las aves. A Anne casi le saltan las lágrimas de la emoción que sentía al ver tanto parecido con su hogar.

-He muerto y estoy en el cielo, dijo emocionada al salir a la terraza.

-No, está viva y en nuestra maravillosa terraza, que como ve, desde la parte subterránea se sale directamente aquí por esta puerta, sin tener que recorrer el camino a la inversa.

Ella se acercó a una tumbona, al lado del olivo que había justo en la entrada al calado. Se sentó y se quedó contemplando.

  Terraza de noche del Hotel Palacio Tondón

Seguramente, los pintores querrían pintar el lugar en todas sus facetas y con el colorido de las estaciones. Los músicos le dedicarían piezas que se convertirían en el hilo musical y esencia del palacio. Los poetas, sonetos que evocarían la belleza y el amor.

Ella tan solo quería contemplarlo en silencio.

(Continuará…)